Breadcrumb Abstract Shape
Breadcrumb Abstract Shape
Breadcrumb Abstract Shape

El Evangelio no nos promete una vida sin errores, sino una vida sin máscaras

El mito de la perfección cristiana

Uno de los errores más comunes dentro del cristianismo es creer que el Evangelio existe para producir personas impecables. Sin embargo, la Biblia nunca promete una vida sin errores, sino una vida sin máscaras. El problema central del ser humano no es solo el pecado, sino la necesidad constante de ocultarlo.

Desde el inicio de la Escritura vemos este patrón. Adán no solo desobedeció a Dios; también se escondió. El pecado siempre viene acompañado de vergüenza, y la vergüenza produce máscaras. Pero Dios nunca ha buscado actores espirituales, sino corazones rendidos.


El Evangelio y la vida sin máscaras

El Evangelio no ignora nuestra fragilidad humana, la enfrenta con gracia. No nos llama a aparentar santidad, sino a caminar en la luz. El apóstol Juan lo expresa con claridad:

“Si andamos en luz, como Él está en luz, tenemos comunión unos con otros” (1 Juan 1:7).

La comunión auténtica con Dios y con la Iglesia solo es posible cuando dejamos de escondernos. No se trata de mostrar una imagen espiritual correcta, sino de vivir con transparencia delante de Dios.


Gracia, confesión y libertad interior

Jesús no vino a maquillar el pecado, vino a cargarlo en la cruz. Por eso, la cruz no es un escenario para demostrar fortaleza espiritual, sino el lugar donde nuestra debilidad queda expuesta y redimida.

La gracia no se activa cuando demostramos perfección, sino cuando reconocemos nuestra necesidad. Como afirma 1 Juan 1:9, la fidelidad de Dios no depende de nuestra limpieza previa, sino de nuestra honestidad al acercarnos a la luz.

Vivir sin máscaras no significa vivir sin lucha. Significa dejar de justificar, negar o esconder. Significa estar de acuerdo con Dios sobre nuestra condición y confiar en Su gracia transformadora.


Vivir Coram Deo: delante del rostro de Dios

En teología, a esto lo llamamos Coram Deo: vivir cada aspecto de la vida conscientes de que estamos delante del rostro de Dios. No hay libertad más profunda que esta: saber que no necesitamos defender una imagen porque Cristo ya defendió nuestra causa.

El Evangelio no nos promete que no caeremos, pero sí nos asegura que no tenemos que escondernos cuando lo hagamos. Nuestra identidad ya no depende de nuestra conducta perfecta, sino de la obra consumada de Cristo.


Conclusión

El Evangelio no promete una vida sin errores,
promete algo mejor: una vida sin máscaras.

Y esa vida, aunque imperfecta, es verdaderamente libre.

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *